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Imelda May reivindica su alianza artística con Ronnie Wood y defiende el poder del directo orgánico

Imelda May reflexiona sobre su profunda afinidad con Ronnie Wood, guitarrista de The Rolling Stones, con quien comparte una estrecha complicidad forjada en estudios de grabación y escenarios de todo el mundo. La cantante y compositora dublinesa analiza el impacto de colaboraciones como «Just One Kiss», desglosa la transición estilística que la llevó del rockabilly visceral a la madurez lírica de sus últimas composiciones y reivindica la autenticidad de las salas de conciertos frente a las producciones digitales impersonales. Con fechas en el horizonte peninsular y un repertorio sustentado en el rhythm and blues clásico, la artista consolida una etapa creativa basada en la honestidad interpretativa y el compromiso con la música de raíces.

Imelda May en QConciertos
6 min

MADRID, 2 de noviembre de 2026 — La compositora e intérprete dublinesa Imelda May consolida una de las alianzas creativas más sinceras del circuito internacional junto a Ronnie Wood tras compartir escenarios emblemáticos como La Riviera en Madrid y expandir el calado de composiciones como «Just One Kiss». Con una trayectoria que transitó desde el pulso rockabilly de sus inicios hasta la hondura reflexiva plasmada en su discografía de madurez, la vocalista irlandesa sitúa la complicidad con el legendario guitarrista de The Rolling Stones en el centro de su discurso, reivindicando una forma de entender la música sustentada en la espontaneidad y el sudor de las salas de conciertos.

En Portada

  • Imelda May califica a Ronnie Wood como su auténtica alma gemela creativa tras años compartiendo cabina de grabación y recitales conjuntos.
  • La vocalista dublinesa detalla el método de trabajo intuitivo de sus colaboraciones, donde prima la toma directa sin artificios tecnológicos.
  • El directo mantiene su estatus de prioridad absoluta para la artista, con paradas de referencia en recintos de Madrid y Barcelona.

Una comunión forjada en las raíces del rhythm and blues

El vínculo entre Imelda May y Ronnie Wood trasciende la mera colaboración de conveniencia discográfica. Forjada en el respeto mutuo hacia los pioneros del blues de Chicago, el rock and roll primitivo y la energía cruda del pub rock británico, su relación artística se cimentó a lo largo de más de una década de encuentros informales, apariciones sorpresa en festivales europeos y sesiones nocturnas donde la pauta siempre fue la improvisación analógica.

«Con Ronnie Wood somos almas gemelas; cuando nos subimos a un escenario o entramos al estudio no hacen falta partituras ni palabras, la música surge de un lugar visceral que solo entienden quienes han dejado la piel en la carretera», explica la vocalista dublinesa al analizar una química que ha quedado registrada tanto en sus propios trabajos en solitario como en proyectos antológicos del guitarrista británico.

Esa sintonía nace de una procedencia compartida. Mientras Wood mamó las corrientes del blues británico en los años sesenta junto a Jeff Beck y The Faces antes de ingresar en la maquinaria de The Rolling Stones, May creció en el barrio obrero de The Liberties en Dublín, fogueándose en locales underground desde los dieciséis años. Ambos comparten una concepción gremial del músico: la certeza de que el oficio no se construye en despachos corporativos, sino midiendo la respiración del público a escasos centímetros de los amplificadores.

De «Just One Kiss» a la complicidad sobre el escenario

Uno de los hitos más representativos de esta hermandad sonora se materializó en «Just One Kiss», corte estelar donde Wood aportó su afilada guitarra rítmica junto a las armonías de Noel Gallagher. Aquella sesión condensó la filosofía compartida por ambos creadores: capturar el primer impulso elocuente antes de que la producción digital diluya la pegada del instrumento.

«Ronnie posee una alegría contagiosa que transforma cualquier toma en una celebración cruda de rock and roll. No busca la perfección aséptica, sino el pellizco emocional», recalca May al recordar las jornadas en el estudio. Esa misma frescura se trasladó a las presentaciones en directo y a la participación de la vocalista en grabaciones especiales del guitarrista, donde temas como «Mother of Pearl» o revisiones de clásicos del rhythm and blues adquirieron una dimensión vibrante gracias a la tesitura vocal de la irlandesa.

La ausencia de guiones estrictos define sus intervenciones conjuntas. Lejos del milimetrado espectáculo de estadio que impera en la industria contemporánea, May y Wood reivindican el error como parte indisociable de la magia escénica. Cada solo y cada modulación vocal responden a la escucha atenta entre instrumentistas, un rasgo distintivo que conecta directamente con la era dorada de las grabaciones de Chess Records y Stax.

La evolución estilística de una voz inclasificable

El camino de Imelda May hasta consolidarse como una de las figuras más respetadas de las islas británicas ha estado marcado por una búsqueda constante de autenticidad. Tras alcanzar notoriedad masiva a través del rockabilly acelerado de Love Tattoo y Mayhem, la intérprete tomó la decisión consciente de despojarse de etiquetas estéticas para explorar un cancionero más íntimo y descarnado.

La producción de T-Bone Burnett en Life Love Flesh Blood marcó un punto de inflexión decisivo. Allí, May desnudó su lírica abordando rupturas sentimentales, soledad y reconstrucción personal, fusionando soul clásico, gospel y matices acústicos. Esta progresión culminó con el álbum 11 Past the Hour, donde su registro vocal ganó matices poéticos y una rotundidad expresiva capaz de dialogar de igual a igual con colaboradores de la talla de Wood, Miles Kane o Pedro Almodóvar en proyectos paralelos.

Lejos de acomodarse en una fórmula de éxito asegurado, la artista dublinesa ha intercalado la composición de canciones con la publicación de poemarios y lecturas dramatizadas. Esta polivalencia narrativa otorga a sus letras actuales un peso testimonial que huye de los lugares comunes del pop comercial, situando el dolor, la euforia y la resiliencia en un mismo plano vivencial.

El circuito de salas como trinchera y la devoción peninsular

En el plano escénico, la cantante mantiene un idilio prolongado con el público español. Sus visitas a espacios consagrados como La Riviera en Madrid o la Sala Apolo en Barcelona han cimentado una base de seguidores leales que valoran la intensidad sin concesiones de su banda de directo.

«Tocar en salas de conciertos te mantiene despierto; no hay pantallas gigantes que disfracen una mala noche ni trucos pregrabados que salven una interpretación vacía», recalca la intérprete al comparar la experiencia de los recintos de medio aforo con los macroeventos de temporada. Para May, el contacto directo con la mirada de la audiencia sigue siendo el barómetro fundamental que calibra el valor de una canción.

Las ciudades peninsulares figuran de manera recurrente en su hoja de ruta internacional. La receptividad hacia el blues eléctrico, el roots rock y la música afroamericana tradicional convierte a las salas estatales en el entorno idóneo para desplegar un repertorio que alterna baladas crepusculares con descargas de alto octanaje rítmico.

Horizontes creativos y fidelidad absoluta al oficio

A medida que perfila nuevos capítulos discográficos y continúa sumando colaboraciones con figuras capitales del rock anglosajón, la trayectoria de Imelda May se erige como una lección de coherencia artística. Su complicidad con Ronnie Wood no representa un tributo nostálgico al pasado, sino la ratificación de que los códigos fundamentales de la música de raíz permanecen vivos cuando se defienden con talento y verdad.

Sin someterse a los dictados de los algoritmos de reproducción rápida ni a las modas pasajeras del mercado digital, May sostiene su propuesta sobre pilares inmutables: instrumentistas solventes, lírica con sangre en las venas y una voz prodigiosa que canaliza el peso de toda una tradición. La carretera continúa siendo su territorio natural, y su entendimiento con veteranos de la vieja guardia confirma que la llama del rock and roll más visceral sigue ardiendo con fuerza inquebrantable.

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