MADRID, 22 de octubre de 2026 — La escena del rock en español despide a una de sus gargantas más influyentes: muere Saúl Blanch, histórico primer vocalista de Rata Blanca y artífice sonoro de su debut homónimo grabado en Buenos Aires, dejando un legado vocal cuya resonancia cruzó el Atlántico para inspirar a generaciones enteras de músicos en plazas cardinales como Madrid.
En Portada
- Fallece Saúl Blanch, pionero absoluto del hard rock rioplatense con la banda Plus y cantante que registró el emblemático primer elepé de Rata Blanca en 1988.
- Inmortalizó cortes definitorios del heavy metal hispano como «El sueño de la gitana», «Chico callejero» y retornó al grupo en 1993 para liderar el EP El libro oculto.
- Su combinación de tesitura lírica aguda, vibrato operístico y mordiente callejero estableció el canon vocal para el metal neoclásico de finales del siglo XX.
De las trincheras de Plus a la llamada de Walter Giardino
Para comprender la verdadera envergadura de Saúl Blanch en el mapa sonoro internacional es preciso retroceder a la década de los setenta. Mucho antes de que el heavy metal se consolidara como fenómeno de masas en el hemisferio sur, Blanch ya ejercía de faro generacional como líder vocal de Plus, una de las agrupaciones insignes del rock pesado argentino junto a nombres como Pescado Rabioso, Vox Dei o El Reloj. Con Plus facturó trabajos de culto imperecedero como No parar o reventar (1977), Melancólica raza del hombre (1978) y Escuela de rock ‘n’ roll (1981), discos donde su garganta de amplio espectro, claramente hermanada con las escuelas de Ian Gillan y Robert Plant, sentó cátedra de potencia y afinación.
Hacia 1987, el guitarrista Walter Giardino y el baterista Gustavo Rowek decidieron desvincularse de los seminales V8, buscando un horizonte musical diametralmente opuesto a la crudeza primigenia del speed metal. Pretendían articular una propuesta donde las progresiones barrocas inspiradas por Ritchie Blackmore e Yngwie Malmsteen convivieran con melodías accesibles y una milimétrica precisión instrumental. Tras la marcha temprana de Rodolfo Cava, el proyecto bautizado como Rata Blanca requería con urgencia un intérprete capaz de abordar intervalos vocales endemoniados sin perder filo ni volumen natural. La respuesta inmediata fue acudir al experimentado Blanch.
«Cuando Walter me convocó para sumarme al proyecto, la maqueta instrumental ya era un vendaval impresionante, pero requerían una voz con rango alto que supiera cantar melódico sin despojarse de la rabia del rock pesado tradicional», recordaba el propio Saúl Blanch al rememorar aquellas sesiones de ensayo subterráneo previas al debut.
El debut homónimo de 1988: la piedra angular del metal neoclásico
El desembarco de la formación en los míticos Estudios Panda de Buenos Aires en 1988 dio a luz al álbum Rata Blanca, una obra maestra que redefinió las coordenadas del género en castellano. Editado por el sello PolyGram, el vinilo impactó en las radios y disquerías gracias a una producción pulida y un repertorio inapelable. Pistas como «El sueño de la gitana», «Chico callejero», «Gente del sur» y «Rompe el hechizo» encontraron en la garganta de Saúl Blanch el vehículo perfecto para conjugar dramatismo operístico y lirismo urbano.
A diferencia de los patrones guturales que dominaban el underground de la época, Blanch aportó un timbre claro y luminoso, ejecutando notas agudas plenas de armónicos que otorgaban a las composiciones de Giardino una pátina de grandilocuencia épica. El track instrumental «Preludio obsesivo» y su nexo con las líneas vocales del resto del plástico cimentaron un éxito comercial inédito para un grupo debutante de metal en el cono sur, alcanzando rápidamente la certificación de disco de oro. Pese a la rotunda recepción, las diferencias en cuanto a los ritmos de trabajo y la visión artística provocaron la salida de Blanch poco después de la presentación oficial del disco en el Teatro Astral, dando paso a la llegada de Adrián Barilari para la posterior grabación de Magos, espadas y rosas.
El rescate de 1993 y la furia contenida de ‘El libro oculto’
El vínculo entre Saúl Blanch y Rata Blanca, no obstante, depararía una segunda entrega trascendental. En 1993, en plena vorágine de giras internacionales y tras la renuncia simultánea de Barilari y el tecladista Hugo Bistolfi, Giardino recurrió nuevamente al oficio indiscutible de su vocalista original. El resultado fue El libro oculto, un EP de cinco canciones compuesto en un contexto de cambio radical dentro de la industria musical, marcada por el apogeo del grunge y el metal alternativo.
En aquel registro, Blanch exhibió una faceta interpretativa mucho más visceral y desgarrada. Cortes como «Basura», «Asesinos» y «Agord, la bruja» prescindían de las alegorías fantásticas para sumergirse en una crítica social descarnada y un pulso rítmico pesado y denso. «Nosotros veníamos de escuelas distintas, pero en el estudio logramos canalizar una agresividad técnica que pocos grupos hispanos podían sostener en vivo en los años noventa», manifestó Blanch en una de sus últimas apariciones públicas al analizar el valor histórico de ese miniálbum.
Trayectoria en solitario y docencia vocal
Tras finalizar el ciclo de El libro oculto, Blanch decidió apartarse de las exigencias comerciales de los grandes estadios para concentrarse en su proyecto unipersonal, Blanch, publicando álbumes de hard rock puro como Fiel a sus fieles y Reflejos. Paralelamente, desarrolló una extensa labor como maestro de canto, instruyendo a docenas de cantantes jóvenes que buscaban dominar las técnicas de respiración diafragmática, colocación de resonadores y control del registro sobreagudo sin recurrir a vicios lesivos.
El legado de una garganta irrepetible en el rock en español
La marcha de Saúl Blanch deja un vacío insustituible en la memoria colectiva del rock hispanohablante. Mientras que el circuito mainstream acostumbra a recordar las etapas de mayor rendimiento comercial, los melómanos y especialistas sitúan su trabajo en 1988 como la auténtica piedra rosetta sobre la que se edificó la identidad técnica de Rata Blanca. Su aproximación a las melodías sentó un precedente que allanó el camino para formaciones de ambas orillas del océano, demostrando que el idioma de Cervantes era perfectamente compatible con la métrica y la exigencia tesitural del heavy metal de corte europeo.
Hoy la música despide al intérprete que demostró que el metal en español podía medirse de tú a tú con los referentes anglosajones más reputados de la época. Aquellas cintas de bobina abierta grabadas en Estudios Panda conservan para siempre el testimonio de un cantante que jamás negoció su entrega ni la autenticidad de su arte frente a los micrófonos.