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The Flamin’ Groovies en Madrid: Sesenta Años de Alta Tensión en Fun House

The Flamin' Groovies aterrizan este lunes 7 de septiembre en Fun House para desgranar seis décadas de power pop legendario y el legado de Shake Some Action.

The Flamin’ Groovies en Madrid: Sesenta Años de Alta Tensión en Fun House
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Pocas agrupaciones en la historia del rock and roll pueden presumir de haber encarnado con tanta devoción la llama inextinguible de las guitarras eléctricas como The Flamin’ Groovies. Nacidos en San Francisco a mediados de los convulsos años sesenta, la formación capitaneada por el incombustible Cyril Jordan desentonó voluntariamente frente a la lisergia reinante en Haight-Ashbury, eligiendo el camino del músculo rítmico, la inmediatez melódica del beat británico y el nervio del garage primigenio. Este lunes 7 de septiembre de 2026, el calendario de conciertos en Madrid recibe una visita que trasciende la mera efeméride nostálgica: los californianos ocupan el sótano de Fun House Music Bar para demostrar que la autenticidad sonora no envejece jamás, celebrando seis décadas sobre las tablas y medio siglo del referencial «Shake Some Action».

La resistencia californiana: del garage crudo a la forja del power pop

Cuando Cyril Jordan y Roy Loney unieron sus obsesiones musicales en 1965, mientras la costa oeste sucumbía al letargo psicodélico de guitarras interminables, The Flamin’ Groovies decidieron regresar a la raíz sudorosa de Chuck Berry, The Kingsmen y The Lovin’ Spoonful. Aquella determinación quedó sellada en álbumes seminales como Supersnazz (1969), Flamingo (1970) y la obra maestra absoluta del protopunk callejero, Teenage Head (1971). Aquel disco contenía una ferocidad tan pura que el mismísimo Mick Jagger llegó a reconocer que los Groovies habían llevado el blues pantanoso y el boogie grasiento un paso más allá de lo que The Rolling Stones lograban por aquellos mismos meses en Sticky Fingers.

Tras la marcha de Loney y la incorporación providencial del vocalista Chris Wilson a la guitarra rítmica, la banda dio un giro arquitectónico hacia la melodía radiante de doce cuerdas. De la mano del productor Dave Edmunds en los legendarios estudios Rockfield de Gales, registraron en 1976 Shake Some Action, pieza angular del sello Sire Records que sentó las bases de lo que el mundo bautizaría como power pop. Con sus arpegios cristalinos de Rickenbacker, una base rítmica implacable y armonías vocales de corte beatleiano pasadas por el filtro de la urgencia suburbana, el tema titular se convirtió de inmediato en un himno generacional que influenció a formaciones posteriores desde The Ramones y Radio Birdman hasta The Romantics o REM.

Un repertorio esculpido en cincuenta años de himnos inmunes al tiempo

La cita en Chamberí no es un ejercicio de arqueología dócil, sino una demostración febril de cómo deben sonar dos guitarras perfectamente compenetradas a través de amplificadores de válvulas incandescentes. El cancionero de The Flamin’ Groovies se despliega como una enciclopedia viva del mejor cancionero eléctrico del siglo XX. Cortes imperecederos como «Slow Death» —un compendio de slide venenoso y cadencia acelerada— comparten atril con la luminosa «You Tore Me Down», una balada a medio tiempo que sintetiza toda la melancolía pop de las invasiones británicas de 1964 con una elegancia melódica difícilmente igualable.

El pulso escénico de la formación en pleno 2026 conserva ese swing cortante que desafía las modas contemporáneas. Canciones como «Yes It’s True», «First Plane Home» o su electrizante lectura de «I Can’t Explain» de The Who ponen a prueba la tensión entre el bajo percutivo y los redobles de caja, construyendo un muro de sonido que prescinde deliberadamente de artificios digitales para descansar únicamente en el tacto humano y la pegada real de sus integrantes.

Cyril Jordan: la perseverancia y el pulso rítmico de una Rickenbacker eterna

A sus espaldas, Cyril Jordan representa el arquetipo del artesano de la guitarra que jamás vendió su identidad a los dictados de las multinacionales. Sus dedos siguen extrayendo esa mezcla inconfundible de brillo cortante y rugido garajero, dominando con maestría el juego de cejillas y las séptimas dominantes que otorgan al sonido de la banda esa vivacidad instantánea. Observar a Jordan deslizar su mano sobre el mástil en un espacio recogido constituye una lección magistral de estilo, economía interpretativa y devoción por el oficio guitarrero que hoy escasea en los escenarios de estadio.

El templo subterráneo de Fun House: el entorno ideal para el rock and roll sudoroso

Ubicada en el número 8 de la calle Palafox, la sala Fun House Music Bar se ha ganado a pulso el estatus de santuario insobornable del underground madrileño. Con su suelo a escasos centímetros de las tarimas, sus luces rojas envolventes y una acústica directa y contundente, no existe recinto más idóneo en la capital para albergar una noche de puro garage rock. En Fun House desaparecen las barreras y las distancias de seguridad: el público respira el aire caliente que emana de los conos de los amplificadores y siente el impacto físico de cada golpe de bombo en el diafragma.

Esta atmósfera de cercanía radical magnifica la propuesta de The Flamin’ Groovies. Lejos de la frialdad aséptica de los macrofestivales corporativos, el directo en este rincón castizo de Chamberí recupera la liturgia primigenia de los clubes de rock: vasos que tiemblan sobre la barra, miradas cómplices entre músicos curtidos y una congregación de adeptos entregados a una fe que no necesita renovarse porque nació perfecta. Las noches memorables de la escena madrileña se escriben en salas como esta, donde la historia de la música se toca con las yemas de los dedos.

Por qué esta cita de lunes inaugura la mejor semana musical de Madrid

Iniciar una semana lectiva o laboral acudiendo a un concierto en sala es un acto de afirmación cultural. Frente a la inercia del consumo musical a través de pantallas diminutas y algoritmos predictivos, colocarse frente al arsenal melódico de The Flamin’ Groovies devuelve al espectador a la verdad irremplazable del directo. Es el antídoto definitivo contra el tedio de la rutina urbana: una descarga de electricidad analógica, estribillos imbatibles y orgullo rockero que justificará con creces las horas de sueño sacrificadas.

La presencia de leyendas vivas de este calibre en recintos de aforo reducido es un acontecimiento cada vez más excepcional que los amantes de la música en vivo deben celebrar y respaldar en taquilla. Cuando las primeras notas de «Shake Some Action» reverberen contra las paredes de la calle Palafox, quedará patente una vez más que el rock and roll genuino solo necesita pasión, volumen honesto y una colección de canciones indestructibles para vencer al paso del tiempo.

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