MADRID, 1 de noviembre de 2026 — Dave Grohl ha desgranado los pormenores del traspaso más determinante en la cronología de Foo Fighters: el momento exacto en que convenció a Taylor Hawkins para abandonar el puesto titular en la gira planetaria de Alanis Morissette en marzo de 1997. Durante su reciente intervención en el programa televisivo Jimmy Kimmel Live!, el vocalista y guitarrista reconoció abiertamente haber «robado» al percusionista en los bastidores de los festivales estadounidenses, justo cuando la formación de Seattle completaba el máster de su segundo álbum de estudio, The Colour and the Shape, sentando las bases de una hermandad rítmica que se prolongó durante veinticinco años ininterrumpidos en pabellones y recintos de todo el planeta.
En Portada
- Dave Grohl confiesa en televisión cómo reclutó a Taylor Hawkins mientras este giraba con Alanis Morissette en el apogeo comercial de Jagged Little Pill.
- La propia artista canadiense respaldó la decisión de Hawkins, anticipando su destino natural como motor escénico en una banda de rock de guitarras.
- Grohl aborda la compleja reconstrucción anímica del grupo tras la muerte del batería en 2022 y la vigencia de su memoria en cada directo.
El cruce de caminos en los festivales alternativos de 1997
Hacia finales de la década de los noventa, el panorama internacional asistía a una coincidencia de calendarios especialmente fértil. Mientras Morissette despachaba decenas de millones de copias impulsada por el torbellino generacional de Jagged Little Pill, Dave Grohl intentaba cimentar una identidad colectiva sólida tras la disolución traumática de Nirvana. El primer trabajo homónimo de Foo Fighters y el fenómeno de la cantautora canadiense compartieron emisiones de radio, platós promocionales y festivales multitudinarios, propiciando el encuentro entre dos músicos moldeados por una sensibilidad similar hacia la contundencia percusiva.
Grohl relató con nitidez la primera impresión que le causó aquel joven californiano entre bastidores: «Nuestro primer disco salió casi al mismo tiempo que el de Alanis. Estábamos participando en muchos festivales y programas de radio, pero fue allí donde conocí a Taylor por primera vez, entre bastidores. Ahí viene este tipo rubio, surfista, y me dice: ‘Oye, me encanta su banda. Son geniales. Bla, bla, bla’. En ese mismo instante supe que seríamos mejores amigos para siempre».
La química personal superó de inmediato cualquier cálculo profesional. Hawkins no era un músico de sesión convencional; poseía una pegada visceral, heredera directa de Stewart Copeland y Roger Taylor, combinada con un carisma escénico capaz de eclipsar cualquier primera línea instrumental. Cuando la vacante en los parches de Foo Fighters quedó abierta tras la salida de William Goldsmith durante las sesiones de producción en Los Ángeles, Grohl telefoneó a Hawkins con la intención inicial de pedirle recomendaciones de bateristas, convencido de que nadie renunciaría a la estabilidad económica de la mayor gira pop-rock del momento. La respuesta de Hawkins desmontó cualquier pronóstico: quería ocupar él mismo ese taburete.
La bendición de Alanis Morissette y el salto a la trinchera del rock
Contrariamente a lo que suele dictar la mitología del negocio discográfico, la salida de Hawkins no desató disputas legales ni tensiones entre bambalinas. Según expuso el líder de Foo Fighters, la propia Alanis Morissette comprendió la naturaleza de la alianza artística antes que nadie. Consciente de que Hawkins acumulaba una vocación natural hacia el rock enérgico y el protagonismo escénico, la cantante respaldó el movimiento sin reproches, facilitando una transición limpia que se materializó formalmente en marzo de 1997.
Aunque The Colour and the Shape ya contenía las pistas de batería regrabadas en su mayoría por el propio Grohl, Hawkins asumió el reto inmediato de defender ese repertorio en directo. La prueba de fuego no admitía concesiones: temas como Everlong, Monkey Wrench o My Hero exigían una resistencia física descomunal y una precisión milimétrica. Dos años más tarde, la formación se encerró en el sótano de Grohl en Virginia para registrar There Is Nothing Left to Lose (1999), el primer trabajo discográfico donde Hawkins grabó en estudio, certificando su condición de copiloto compositivo y pilar insustituible en las armonías vocales del grupo.
La alquimia entre dos baterías y la era dorada de Foo Fighters
La relación artística entre Grohl y Hawkins alteró para siempre el funcionamiento interno de Foo Fighters. Pocas bandas en la historia del rock han contado con un líder que fuera considerado uno de los baterías más influyentes de su generación y, simultáneamente, cediera las baquetas a un ejecutante con un lenguaje rítmico aún más acrobático. Lejos de competir, ambos desarrollaron una sincronía casi telepática que trasladaron a discos capitales como One by One, Echoes, Silence, Patience & Grace o Wasting Light, grabado íntegramente en cinta analógica en el garaje del vocalista.
Sobre los escenarios de medio mundo, desde grandes citas en recintos de Madrid o Barcelona hasta estadios como Wembley, los conciertos de la formación adquirieron un dinamismo singular: intercambiaban instrumentos en mitad del repertorio para rendir tributo a Queen o Led Zeppelin, con Hawkins asumiendo la voz principal mientras Grohl regresaba a la pegada feroz tras los platos. Esa dualidad transformó a la banda en una maquinaria escénica imbatible dentro del circuito de estadios globales.
El reto de continuar tras la pérdida de 2022
La repentina muerte de Taylor Hawkins en marzo de 2022 durante una escala sudamericana en Bogotá paralizó la trayectoria del grupo y conmocionó a la industria musical. Tras los multitudinarios conciertos homenaje celebrados en Londres y Los Ángeles, la continuidad de la banda permaneció en suspenso hasta la publicación de But Here We Are (2023), un elepé atravesado por el duelo y la catarsis, y el posterior fichaje de Josh Freese como baterista de directo.
Reflexionando sobre la herida que dejó su ausencia, Grohl profundizó en declaraciones recogidas por NME sobre la exigencia emocional que supone afrontar cada nueva gira sin su confidente histórico: «Tuvimos a Taylor Hawkins como baterista durante 25 años y, además de ser un baterista increíble, tenía un espíritu increíble. Era una persona increíble y era nuestro hermano. Era nuestro mejor amigo. Así que continuar después de Taylor fue realmente complicado, no solo para nosotros, sino para cualquier baterista que llegara para, ya sabes, reemplazarlo… ya sabes».
El músico cerró su testimonio subrayando que el legado del percusionista trasciende la nostalgia para convertirse en un combustible diario para la formación: «Hablamos de él todos los días. En todo lo que hacemos, queremos tener esa energía; queremos tener esa energía para Taylor». Una declaración de intenciones que ratifica que aquel encuentro fortuito de 1997 en los pasillos de un festival sigue marcando el pulso vital de Foo Fighters en cada acorde.