Orígenes y gestación: Del legado de Madness a la trinchera de Mad Dogs Jam
La noche madrileña cuenta con una genealogía subterránea inagotable, tejida en clubes de techos bajos, sudor en las paredes y escenarios donde la música no responde a guiones preestablecidos sino a la combustión espontánea del momento. En ese ecosistema nace Mad Dogs Jam, una propuesta concebida como la evolución natural y el relevo vitaminado de la icónica Madness Jam Session. Desde su alumbramiento en 2017, aquella iniciativa pionera recorrió los rincones más señalados del circuito de música negra, funk y soul de la capital española, dejando una huella indeleble en salas emblemáticas y congregando a una comunidad fiel de instrumentistas y melómanos noctámbulos.
Con el paso de los años y la necesidad de explorar sonoridades más directas, crudas y viscerales, el colectivo decidió mutar y afilar sus garras. Así nació Mad Dogs Jam, instalando su cuartel general en el mítico club El Perro de la Parte de Atrás del Coche, en pleno corazón de Malasaña. Lejos de conformarse con reproducir los cánones tradicionales del jazz o del rhythm and blues más complaciente, el proyecto abrazó una identidad bastardizada donde la pulsión rítmica del funk se funde sin concesiones con el filo desgarrado del rock setentero y la atmósfera lisérgica de la psicodelia. El resultado es una experiencia catártica que ha devuelto a los jueves capitalinos el carácter de acontecimiento imprescindible para quienes buscan autenticidad sobre las tablas.
La banda base: Virtuosismo, química y complicidad en el escenario
El núcleo duro que sostiene y propulsa cada sesión de Mad Dogs Jam está integrado por cuatro músicos de amplísima trayectoria, respetados por sus pares y curtidos en mil batallas dentro del panorama independiente y de raíz en España. No se trata de una reunión circunstancial de acompañantes, sino de una auténtica maquinaria rítmica y melódica dotada de una compenetración milimétrica.
Jay Rivera: Frontman, voz y anfitrión carismático
Al frente del escenario, como maestro de ceremonias y catalizador emocional de la velada, se sitúa Jay Rivera (@jayriverard). Con un magnetismo arrollador, un registro vocal versátil capaz de modular desde el terciopelo del soul hasta el desgarro del hard rock más enérgico, Rivera ejerce de puente constante entre la banda y el público. Su labor trasciende la de simple cantante: es el dinamizador que regula las intensidades, invita a las colaboraciones espontáneas y mantiene encendida la chispa de la improvisación con agilidad y picardía escénica.
Santi Valldeperas: Arquitectura de riffs y groove a las seis cuerdas
A la guitarra eléctrica encontramos a Santi Valldeperas, músico catalán establecido en Madrid cuya solvencia es bien conocida en el circuito gracias a su participación en formaciones como el colectivo funk Da’ Groove Machine y el trío de rock alternativo Raymores. Valldeperas despliega una paleta estilística deslumbrante: desde el rasgueo sincopado y afilado del funk más ortodoxo al estilo de Nile Rodgers o Eddie Hazel, hasta pasajes de virtuosismo ácido repletos de wah-wah, distorsión cálida y solos que evocan tanto a Jimi Hendrix como a la crudeza de Grand Funk Railroad.
Guille González: La solidez del pulso grave
Sosteniendo la estructura armónica y dotando al directo de un peso demoledor, Guille González se encarga del bajo eléctrico. Su toque, firme y elástico a partes iguales, navega con maestría entre líneas de bajo pesadas y caminantes propias del funk clásico y patrones contundentes que anclan la vertiente más puramente rockera de la formación, asegurando que el suelo de la sala nunca deje de vibrar.
Jorge Henríquez: Dinamita percusiva y tempo orgánico
Completando la sección rítmica, la batería de Jorge Henríquez actúa como el motor incansable del cuarteto. Henríquez destaca por una técnica percusiva precisa, pegada contundente y un sentido del tempo profundamente orgánico, capaz de acelerar la cadencia en clímax frenéticos o contener el beat para dar aire a los silencios más tensos y sugerentes de la jam.
Identidad sonora: Una aleación de rock, funk y psicodelia
La propuesta artística de Mad Dogs Jam esquiva cualquier intento de encasillamiento simplista. Aunque sus cimientos están firmemente anclados en las raíces de la música negra afroamericana, la impronta que define sus directos es la colisión frontal con el rock en su vertiente más libre y expansiva. Los compases sincopados y bailables del funk se ven atravesados por muros de distorsión, progresiones modales y texturas psicodélicas que transportan al oyente a la época dorada de finales de los sesenta y la década de los setenta.
En sus directos no existen guiones cerrados, partituras inmutables ni carpetas con Real Books académicos. La filosofía de Mad Dogs Jam abraza el riesgo como principio irrenunciable. Cada tema sirve como plataforma de despegue para desarrollos instrumentales abiertos, donde los cambios de dinámica, las modulaciones armónicas imprevistas y el intercambio de miradas entre los músicos marcan el rumbo de la composición colectiva en tiempo real.
El espíritu de la jam: Trinchera nocturna y punto de encuentro
Más allá de ser un concierto al uso, Mad Dogs Jam funciona como un laboratorio de experimentación sonora y un punto de comunión para la comunidad musical de Madrid. Tras el pase inicial de la banda base, el escenario se abre a la participación de vocalistas, guitarristas, teclistas, sopladores y percusionistas procedentes de diversas bandas de la escena independiente nacional e internacional que se acercan a la sala.
Esta apertura convierte cada jueves en una experiencia irrepetible: ningún concierto es igual al anterior ni volverá a repetirse jamás. En un panorama a menudo homogeneizado por producciones milimétricamente programadas y pistas pregrabadas, la resistencia de Mad Dogs Jam en las distancias cortas reivindica la emoción del directo en estado puro, el sudor, la espontaneidad y el poder transformador de la música compartida bajo la luz de los focos.