Los Enemigos constituyen una de las instituciones más trascendentales, queridas y honestas de la historia del rock and roll en castellano. Formados en Madrid a mediados de la década de los ochenta, en plena efervescencia subterránea del barrio de Malasaña, la banda encabezada por la afilada pluma y desgarrada voz de Josele Santiago ha levantado a lo largo de más de cuatro décadas un monumento sonoro imperecedero. Alejados de modas pasajeras, postureos comerciales o concesiones acomodaticias, su sonido —forjado a base de guitarras rugosas, una base rítmica de precisión granítica y letras que radiografían las cicatrices de la condición humana con lucidez poética y causticidad— es patrimonio indeleble de varias generaciones de devotos del directo.
Orígenes y Fundación en las Trincheras de Malasaña
La génesis de Los Enemigos se remonta al año 1985, cuando Josele Santiago y el bajista Fino Oyonarte, acompañados en sus inicios por el batería Artemio Huerta y el guitarrista Roberto Arbolea, comenzaron a desgranar en pequeños clubes capitalinos un cóctel volcánico donde colisionaban el garage rock, el pub rock británico, el rhythm and blues primitivo y la urgencia contestataria del punk. Su victoria en el prestigioso Trofeo Rock Villa de Madrid en 1986 les abrió la puerta a registrar su álbum de debut, «Ferpectamente» (1986), una carta de presentación visceral y acelerada que contenía ya gemas primigenias como «Fuera de combate» o su legendaria relectura de «El tren» de Leño.
Con la incorporación definitiva de Chema «Animal» Pérez a las baquetas, la maquinaria de Los Enemigos alcanzó esa cohesión rítmica demoledora que se convertiría en su auténtica seña de identidad. Tras «Un tío cabal» (1988), la banda dio un salto cualitativo descomunal con la publicación de «La vida mata» (1990), unánimemente considerado por la crítica especializada y los aficionados como uno de los álbumes cumbres en la historia del rock cantado en castellano. Con himnos eternos como «Septiembre», «Desde el jergón» y «Ouija», el grupo demostró una madurez lírica conmovedora, capaz de transformar la angustia existencial, el encierro carcelario y el desamor en pura orfebrería de distorsión y sensibilidad.
Consolidación, Obra Cumbre y Madurez Creativa
A lo largo de los años noventa, Los Enemigos vivieron una de las etapas más fértiles y brillantes del rock ibérico. Álbumes como «La cuenta atrás» (1991), «Sra. Felisidad» (1993) y «Tras el último no va nadie» (1994) afianzaron su sonido y expandieron sus horizontes estilísticos, incorporando arreglos más complejos sin perder un ápice de ferocidad. La llegada del guitarrista Manolo Benítez dotó a las seis cuerdas de un diálogo virtuoso que convirtió sus actuaciones en auténticas celebraciones de comunión eléctrica.
Tras firmar trabajos mayúsculos como «Gas» (1996) —donde se incluían clásicos contemporáneos de la talla de «Sr. Correcto» y «Dentro»— y la banda sonora de la película «Tengo una casa» de Mónica Lago, la banda completó el siglo con «Nada que decir» (1999). Sin embargo, el desgaste inherente a tres lustros ininterrumpidos en la furgoneta y las tensiones del circuito desembocaron en su despedida temporal en 2002. Su adiós quedó inmortalizado en el doble directo «Obras escocidas (1985-2000)» y en el recital final en la sala La Riviera plasmado en «Hasta el lunes», dejando un vacío inmenso en el corazón de la escena estatal.
El Retorno Triunfal y su Vigencia Inquebrantable
En 2012, una década después de su separación, Los Enemigos sellaron una vuelta a los escenarios recibida como un acontecimiento cultural histórico. La banda demostró que la química entre Josele Santiago, Fino Oyonarte y Chema Pérez no solo continuaba viva, sino que había ganado un aplomo y una solvencia técnica formidables. Lejos de conformarse con el rédito de la nostalgia, la formación se encerró en el estudio para alumbrar «Vida inteligente» (2014), un trabajo rotundo que certificaba su excelente estado creativo.
Con la incorporación a la guitarra solista de David Krahe (Los Coronas), Los Enemigos entregaron en 2020 «Bestieza», un puñetazo sonoro cargado de rabia luminosa, riffs incisivos y líricas penetrantes como «Siete mil canciones» o «La costumbre». En la actualidad, Los Enemigos continúan pisando las tablas con la autoridad moral y la pegada indiscutible de quienes conciben el rock and roll no como un empleo o un disfraz escénico, sino como una irrenunciable forma de estar en el mundo.