MADRID, 2 de septiembre de 2026 — La banda británica Suede conmemora hoy tres décadas exactas del lanzamiento de Coming Up, la obra maestra que redefinió su trayectoria comercial y selló su devoción con los escenarios de Madrid y toda Europa tras superar la traumática fractura con Bernard Butler.
En Portada
- Suede alcanzó el número 1 en las listas del Reino Unido y logró colocar cinco singles del disco dentro del Top 10 entre 1996 y 1997.
- Richard Oakes, con apenas 18 años, asumió la composición y la guitarra principal junto a Brett Anderson tras la marcha de Bernard Butler.
- El trabajo supuso un giro estético frontal respecto a la densidad sombría de Dog Man Star, abrazando sintetizadores y un pulso glam inmediato.
El abismo tras ‘Dog Man Star’ y la llegada prodigiosa de Richard Oakes
Pocas formaciones de la era dorada del rock alternativo británico han rozado la disolución con la intensidad que vivió el cuarteto londinense en 1994. Durante las tensas sesiones de grabación de Dog Man Star, las fricciones entre el vocalista Brett Anderson y su principal socio creativo, el virtuoso guitarrista Bernard Butler, terminaron en una ruptura fulminante. La prensa especializada de la época daba por sentenciado el destino del grupo; sin embargo, Anderson mantuvo una determinación inquebrantable frente al escepticismo de la industria.
«No lo vi tan serio como la mayoría de la gente lo vio. Era un problema real, sí, pero siempre pensé que Suede tenía una vida, y que una persona saliera no debería afectar para que continuáramos», confesaría años más tarde el cantante al evocar el ambiente de incertidumbre en el que se gestó su tercer esfuerzo discográfico.
La respuesta al dilema llegó a través de un cassette enviado por correo. Richard Oakes, un adolescente de apenas 17 años originario de Poole que aún no alcanzaba la mayoría de edad, se presentó a las audiciones con una solvencia técnica y un entendimiento melódico fuera de lo común. Incorporado de inmediato para finalizar los compromisos en directo de la gira previa, Oakes no tardó en demostrar que no era un simple sustituto de alquiler, sino un compositor voraz capaz de replicar la tensión dramática del grupo con una frescura desbordante.
La obsesión por el pop conciso: diez cortes sin grasa sobrante
Frente a las extensas suites orquestales, los compases angustiosos y el barroquismo oscuro que definieron a su predecesor, la banda concibió una estrategia radicalmente opuesta. Anderson estaba convencido de que la supervivencia de la agrupación dependía de despojarse de artificios y abrazar la inmediatez sin complejos.
“Creo que el próximo álbum será bastante simple, de hecho. Realmente me gustaría escribir un álbum pop sencillo. Solo diez hits”, anunciaba el vocalista en las semanas previas a ingresar en los estudios londinenses. Esa premisa se transformó en un decálogo compositivo: melodías directas, estribillos incandescentes, guitarras comprimidas y tempos ágiles que no daban tregua al oyente.
La incorporación del teclista Neil Codling sumó una textura sintética determinante, inyectando capas de sintetizadores retrofuturistas que complementaron a la perfección la sección rítmica de Mat Osman al bajo y Simon Gilbert a la batería. Bajo los mandos del productor Ed Buller, las sesiones alumbraron un sonido nítido y radiante que combinaba la herencia de David Bowie y Roxy Music con el hedonismo nocturno de la escena alternativa británica.
De «Trash» a «Beautiful Ones»: la racha impecable de cinco sencillos
El primer aldabonazo llegó a finales del verano de 1996 con «Trash», un himno de autoafirmación periférica que condensaba la esencia lírica de Anderson. Concebida como una oda a los marginados y a las subculturas urbanas, la canción bebía directamente de la mística del «nosotros contra el mundo» popularizada por The Smiths en piezas como «Hand In Glove». «Trash» trepó al número 3 en Gran Bretaña y allanó el camino para el álbum completo.
Cuando Coming Up aterrizó oficialmente en las tiendas el 2 de septiembre de 1996, escaló velozmente hasta el número 1 de las listas de ventas. Lo que vino a continuación batió récords para una banda asociada al rock independiente: cinco sencillos consecutivos extraídos del mismo álbum conquistaron el Top 10 británico a lo largo de catorce meses. A la euforia inicial le siguieron «Beautiful Ones», un retrato generacional impulsado por un riff inmortal de Oakes; la melancolía nocturna de «Saturday Night»; el groove perezoso de «Lazy» y la crítica a la fama de «Filmstar».
Tracklist analítico de un clásico atemporal
- «Trash»: El himno definitivo de pertenencia y estética callejera, cimentado en guitarras acústicas dobladas y un estribillo eufórico.
- «Filmstar»: Sátira acelerada sobre la hipocresía del estrellato moderno, con guitarras afiladas y baterías hiperquinéticas.
- «Lazy»: Pop reposado y elegante, enriquecido con arreglos de cuerda y teclados sutiles.
- «By the Sea»: Una balada melancólica al piano donde Anderson expone su faceta vocal más vulnerable.
- «She»: Furia glam con guitarras distorsionadas que remiten al sonido de Marc Bolan y T. Rex.
- «Starcrazy»: Composición compartida con Neil Codling, cargada de psicodelia espacial y distorsión lúdica.
- «Picnic by the Motorway»: Crónica de desolación suburbana con tintes cinematográficos y arreglos de corte vodevil.
- «The Chemistry Between Us»: La pieza más atmosférica del conjunto, un crescendo electrónico sobre la decadencia química.
- «Beautiful Ones»: La cumbre del cancionero del grupo, celebrada unánimemente en salas de conciertos y pistas de baile.
- «Saturday Night»: El cierre crepuscular que inmortalizó los paseos solitarios bajo el neón de la metrópoli.
Una huella imborrable en el circuito de salas y festivales
Lejos de desgastarse con el paso de los años, el repertorio de Coming Up ha demostrado una vitalidad excepcional sobre los escenarios españoles. Cada visita del conjunto a recintos insignes como La Riviera de Madrid o su paso por festivales de gran formato constata la comunión entre el público y temas como «Beautiful Ones», entonados al unísono por varias generaciones de melómanos.
Treinta años después de su lanzamiento, la audacia de aquel viraje hacia el pop no solo garantizó la continuidad vital de la formación londinense, sino que dejó una de las colecciones de canciones más redondas y luminosas de la década de los noventa. Un manifiesto de resistencia que transformó una potencial catástrofe en una victoria artística permanente.